PARA REFLEXIONAR….
A menudo los ciudadanos caemos en el error de creer a pies juntillas lo que nos muestran los medios de comunicación. A través de ellos llegamos al conocimiento de la realidad que nos rodea y somos partícipes de informaciones que nosotros valoramos como relevantes y que de otro modo, no podríamos conocer nunca, o al menos, así lo creemos. Si concretando un poco más nos centramos en el medio televisión, finalizamos con la conclusión de que, a pesar de su creciente desprestigio, motivado en su mayor parte por la proliferación de los llamados programas basura, las informaciones aquí expuestas adquieren un mayor grado de veracidad, ya que se ven apoyadas por imágenes. Podemos pensar que con la palabra nos pueden engañar, pero con una imagen resulta cuanto menos sorprendente, ya que no vemos viable la posibilidad de que lo que yo estoy viendo sea mentira o, en el mejor de los casos, no sea toda la verdad. Esta aparente”inocencia”con la que nos exponemos a los medios es la que da pie a la desinformación que en su vertiente más negativa dará lugar a la manipulación.
En la actualidad, los medios de comunicación pertenecientes a los grupos de poder o bien, vinculados a ellos, aglutinan todos sus esfuerzos en crear opinión, una opinión de acuerdo con sus intereses y alejada de la mera información aséptica pero adecuadamente contextualizada, analizada y documentada. Hay una tendencia generalizada a desviar la atención hacia temas triviales, que al aparecer en los medios adquieren notoriedad, y que dan al receptor una falsa sensación de sentirse informado, cuando en realidad lo único que conoce son contenidos intrascendentes que no contribuyen de modo alguno al conocimiento de la realidad y mucho menos a la formación de un criterio sólido respecto de lo que ocurre a nuestro alrededor. En la mayoría de los casos, la falta de iniciativa por parte de los destinatarios que no recurren a otras fuentes de información y la total despreocupación de los medios por transmitir la realidad tal y como ésta ocurre, independientemente de los intereses económicos, políticos o de cualquier otra índole, derivan en una desinformación de la población a la que se manipula para conseguir determinados objetivos. El aquí y el ahora son un signo de credibilidad, si una televisión muestra en directo lo que está ocurriendo a miles de kilómetros, te sientes informado, pendiente de todo lo que ocurre, y en realidad no tienes idea alguna de por qué ocurre tal hecho o de cuales serán sus consecuencias.
Resulta lícito que cada medio de comunicación disponga de su propia línea editorial, siempre y cuando no falte a la verdad o simplemente la camufle. Por encima de sus propios intereses debería existir un derecho de la población a estar informado, con todo lo que esto conlleva. Los ciudadanos deberíamos demandar una información lo suficientemente amplia y completa que nos diera las claves para formar nuestro propio criterio, pero siempre con variables apoyadas en la verdad. Utilizar las informaciones y tergiversarlas o desvirtuarlas no estaría dentro de las virtudes de un buen comunicador.
En definitiva, en el cometido de llevar la verdad a los ciudadanos, el periodista adquiere un papel principal, es el encargado de firmar las informaciones y de él depende o debería depender el mensaje que llega finalmente a los receptores. Pero en la mayoría de los casos, el periodista esta “vetado” por el medio en el que trabaja. No puede publicar informaciones veraces, pero contrarias al posicionamiento de la empresa en la que desarrolla su actividad, sería poner trabas a su futuro en dicha empresa y en ocasiones, esto puede derivar en un grave perjuicio para el profesional que se encontraría en una dicotomía difícil de solucionar. El periodista vocacional, empeñado en hacer un buen trabajo informativo, puede no poder llegar a desempeñar su labor con total libertad, se encontraría “atado de pies y manos” y sería un mero títere del medio para el cual trabaja. Ante esta situación, cabría preguntarse hasta que punto la actual desinformación y consiguiente manipulación es culpa de los periodistas o más bien de los empresarios propietarios de los medios de comunicación, que cada vez más a menudo, utilizan a éstos como meros instrumentos propagandísticos al servicio de unos intereses que en la mayoría de los casos están muy lejos de dar a los ciudadanos la información que demandan o que por lo menos, deberían demandar.
Pensad sobre ello